El poeta pone su granito de sal
en la herida abierta de la naturaleza.
Estrella su cabeza contra un muro,
no sabe dónde mirar porque sus ojos llenos de angustia,
como polos amaestrados,
orbitan en hinojos, en despojos de la memoria.
Viste de negro por el perpetuo y lujoso luto de su alma.
El poeta sale de casa con los bolsillos llenos de derrumbes,
se toma un trago, se toma tres cuatro.
Se toma cinco minutos antes de mirar el rostro pálido de la derrota,
que le sugiere sin misericordia que tire sus delitos por la alcantarilla,
húmeda y profunda,
como aquello que las mujeres esconden en lo más oculto de su ingenuidad.
El poeta canta todas las mañanas “todas las mañanas…”
El poeta dice y escribe esto y lo otro, luego lo destruye con ánimos de ser poeta.
Pero ahora
el poeta ve el televisor mientras destruye con su risa las frases amaestradas,
cuenta las hadas que merodean su sombra.
El poeta mira su risa primero en el aire, se descubre intrigado.
El poeta ve sin fines de lucro la pantalla.
Tranquilo, sin supersticiones ni nostalgia,
sin remordimiento y sin prisa,
mira con asombro el televisor; en la oscuridad el rostro azul.
El poeta mira la telenovela colombiana.
viento de la palabra
viernes, 28 de mayo de 2010
RECORDATORIO
Planta una vez más
un beso sobre mi frente, madre.
Uno; para recordarte y
dos; para saber que aún tengo cabeza.
un beso sobre mi frente, madre.
Uno; para recordarte y
dos; para saber que aún tengo cabeza.
jueves, 15 de abril de 2010
EL PAISAJE SE DERRITE EN LA VENTANA
"No son los enemigos
los que condenan a uno a la soledad,
son los amigos" M . Kundera
El paisaje se derrite en la ventana, se cae de viejo. En unos minutos morirá la monotonía, yo quiero sobrevivir sobándome las coyunturas, rociándome a intervalos pequeños de tiempo pellizcos del polvo de la vejez y recapitulando en revistas los cuerpos decapitados de las modelos anoréxicas. Recuerdo que en un tiempo me dio por pegar en las puertas de mis vecinos estampitas de vírgenes sin cabeza y de perros con anteojos, como los perros que me correteaban babeando, con esa espuma terrorífica en sus hocicos, en Coyoacán. Desistí cuando todos ellos pegaron, detrás de sus puertas, cabezas de colmenas y jaulas de guacamayas –no seas imbécil- me dijo uno de ellos –las estampas no sobreviven a los aguaceros de Agosto.
Escucho los pasos del reloj, se parecen a los latidos de los tiernos tulipanes cuando duermen en la florería de noche, cuando no tienen la presión de ser vendidos a algún callejero enamorado. Que tristes son los claveles en los ojales. Corazones intercambiados explotando de calor en las grandes travesías. El amor no está a la vuelta de la esquina como la miscelánea oculta entre los pirules el amor siempre está lejos; detrás de la cama, en un autobús sin frenos o en la calle donde se encuentran los vendedores de cocoles y los africanos melómanos que se pasean para olvidar el hambre. Los que están enamorados tienen que caminar como “zombis”, como los zombis de las películas contratados para caminar, caminar y caminar ¿y si alguno se hubiera perdido? ¿Y si no escucho el “corte y queda” y sigue caminando con ese tambaleo propio de los zombis (que torpes son)? Seguramente los confundiríamos con los enamorados “ese wey está enamorado” diríamos.
Muy pronto llegará Marieli, cuando se acerca tiembla la tierra, se cae el polvo de mis uñas y tengo que usar dedales por unos segundos y tengo que ponerme la chamarra blanca también porque cuando se va acercando las paredes destilan refresco de toronja y hace un frío parecido al de Noviembre. Por eso es que cuando ella llega yo ya tengo botellas de refresco llenas para el tequila que ella trae cargando en su mochila misteriosa, como los escarabajos, ocultándose detrás de las piedras*, perdiéndose en su miedo de caer en una trampa artificial de algún coleccionista de caparachos. Cuando yo sea tortuga me preocupare de los diluvios trágicos, de los coches con motor nostálgico como los muñecos de cuerda) y de pintar en el caparazón los perfectos trazos del jardín botánico, con colores primarios primero, con sus sombras complementarias y después, pincelando pastelosas pastas hasta perder el asombro, hasta convertirme en un robot didáctico, que retroceda el paso cuando encuentre escombros de sabiduría y también que recule cuando el lirismo de las letras se torne entristecedor como las madrugadas sin música. Si las fiestas pudieran platicar con otras fiestas, seguramente muchos de nosotros seriamos despedidos de nuestros trabajos, compraríamos un portafolio donde meteríamos platos de unicel mugrosos que nos recordarían los besos de una despedida o a alguna mujer (por mi condición de hombre heterosexual) pidiendo desesperada un hielo, con un vaso de plástico en la mano y comentándoles a todos los que encuentra a su paso “yo fui novia de tu padre cuando fuimos juntos a la secundaria, nos conocimos en unas fiestas donde siempre terminaba en el estéreo Johnny Cash”. Las fiestas casi siempre son tristes como llamaradas de petate perturbadas por el combustible soez; el alcohol. Alcohol de alcoba desmañanada, con alimañas caminando por la alfombra en formas parecidas a las prendas de ropa, alcohol de quirófano regándose en manos ensangrentadas (los puños cerrados abiertos dan miedo, las manos abiertas y en alto siempre saludan), alcohol desbordado, regándose en ríos ricos de corteza ruda, donde los ebrios castores construyen bastiones contra sus depredadores naturales.
El apetito es implacable, te sorprende como un baño, como las esponjas de los audífonos tiradas en la cama, como el frio de la noche que entra por la ventana, derramándose sobre el pasto de mi cuarto, paralizando a las angustiadas madres araña que no saben dónde meter a sus pequeños hijos. Tengo hambre de tamales, me comería tres tamales oaxaqueños…
Marieli a veces es de trapo, como un muñeco roído por el incansable lúdico pasatiempo de un niño .El niño abandonado en la maleta como muñeco de ventrílocuo, hablando en sollozos porque le tiene miedo a la oscuridad y al encierro ¿Por qué la oscuridad será tan elegante? Sobre todo en los botones, en las mesas de cristal y en los ojos de las mujeres. Tal vez soy de cristal y ese niño. Alguna vez, asustado por ver lo diminuto del mundo, Salí tropezando del cuarto a robarme granitos de arena de las macetas de enfrente, en la sala vi a un niño en el espejo, un niño de mirada gris, como cuando alguien se da cuenta que han robado sus colores, en el interludio que hay entre el coraje y la tristeza. No le hice caso, pensé que era algún fantasma o un poema muerto de algún autor que lo echó con todo y papel a la basura. Ayer fue un día difícil, hoy tranquilo espero. Marieli me enseño a esperar nada. Espero jugando con mis mentiras en una bolsa de plástico… fatigado de la espalda y de la cama, echo nudos en la habitación artificial que guarda a mi cuerpo pisoteado por el hambre, la sed y los acechos. Espero recapitulando, espero curándome, aliviándome, untándome ungüentos de charlatanes.
*texto tomado de un diario personal fechado el 17/03/07
**no recuerdo por que marque esta parte del texto.
los que condenan a uno a la soledad,
son los amigos" M . Kundera
El paisaje se derrite en la ventana, se cae de viejo. En unos minutos morirá la monotonía, yo quiero sobrevivir sobándome las coyunturas, rociándome a intervalos pequeños de tiempo pellizcos del polvo de la vejez y recapitulando en revistas los cuerpos decapitados de las modelos anoréxicas. Recuerdo que en un tiempo me dio por pegar en las puertas de mis vecinos estampitas de vírgenes sin cabeza y de perros con anteojos, como los perros que me correteaban babeando, con esa espuma terrorífica en sus hocicos, en Coyoacán. Desistí cuando todos ellos pegaron, detrás de sus puertas, cabezas de colmenas y jaulas de guacamayas –no seas imbécil- me dijo uno de ellos –las estampas no sobreviven a los aguaceros de Agosto.
Escucho los pasos del reloj, se parecen a los latidos de los tiernos tulipanes cuando duermen en la florería de noche, cuando no tienen la presión de ser vendidos a algún callejero enamorado. Que tristes son los claveles en los ojales. Corazones intercambiados explotando de calor en las grandes travesías. El amor no está a la vuelta de la esquina como la miscelánea oculta entre los pirules el amor siempre está lejos; detrás de la cama, en un autobús sin frenos o en la calle donde se encuentran los vendedores de cocoles y los africanos melómanos que se pasean para olvidar el hambre. Los que están enamorados tienen que caminar como “zombis”, como los zombis de las películas contratados para caminar, caminar y caminar ¿y si alguno se hubiera perdido? ¿Y si no escucho el “corte y queda” y sigue caminando con ese tambaleo propio de los zombis (que torpes son)? Seguramente los confundiríamos con los enamorados “ese wey está enamorado” diríamos.
Muy pronto llegará Marieli, cuando se acerca tiembla la tierra, se cae el polvo de mis uñas y tengo que usar dedales por unos segundos y tengo que ponerme la chamarra blanca también porque cuando se va acercando las paredes destilan refresco de toronja y hace un frío parecido al de Noviembre. Por eso es que cuando ella llega yo ya tengo botellas de refresco llenas para el tequila que ella trae cargando en su mochila misteriosa, como los escarabajos, ocultándose detrás de las piedras*, perdiéndose en su miedo de caer en una trampa artificial de algún coleccionista de caparachos. Cuando yo sea tortuga me preocupare de los diluvios trágicos, de los coches con motor nostálgico como los muñecos de cuerda) y de pintar en el caparazón los perfectos trazos del jardín botánico, con colores primarios primero, con sus sombras complementarias y después, pincelando pastelosas pastas hasta perder el asombro, hasta convertirme en un robot didáctico, que retroceda el paso cuando encuentre escombros de sabiduría y también que recule cuando el lirismo de las letras se torne entristecedor como las madrugadas sin música. Si las fiestas pudieran platicar con otras fiestas, seguramente muchos de nosotros seriamos despedidos de nuestros trabajos, compraríamos un portafolio donde meteríamos platos de unicel mugrosos que nos recordarían los besos de una despedida o a alguna mujer (por mi condición de hombre heterosexual) pidiendo desesperada un hielo, con un vaso de plástico en la mano y comentándoles a todos los que encuentra a su paso “yo fui novia de tu padre cuando fuimos juntos a la secundaria, nos conocimos en unas fiestas donde siempre terminaba en el estéreo Johnny Cash”. Las fiestas casi siempre son tristes como llamaradas de petate perturbadas por el combustible soez; el alcohol. Alcohol de alcoba desmañanada, con alimañas caminando por la alfombra en formas parecidas a las prendas de ropa, alcohol de quirófano regándose en manos ensangrentadas (los puños cerrados abiertos dan miedo, las manos abiertas y en alto siempre saludan), alcohol desbordado, regándose en ríos ricos de corteza ruda, donde los ebrios castores construyen bastiones contra sus depredadores naturales.
El apetito es implacable, te sorprende como un baño, como las esponjas de los audífonos tiradas en la cama, como el frio de la noche que entra por la ventana, derramándose sobre el pasto de mi cuarto, paralizando a las angustiadas madres araña que no saben dónde meter a sus pequeños hijos. Tengo hambre de tamales, me comería tres tamales oaxaqueños…
Marieli a veces es de trapo, como un muñeco roído por el incansable lúdico pasatiempo de un niño .El niño abandonado en la maleta como muñeco de ventrílocuo, hablando en sollozos porque le tiene miedo a la oscuridad y al encierro ¿Por qué la oscuridad será tan elegante? Sobre todo en los botones, en las mesas de cristal y en los ojos de las mujeres. Tal vez soy de cristal y ese niño. Alguna vez, asustado por ver lo diminuto del mundo, Salí tropezando del cuarto a robarme granitos de arena de las macetas de enfrente, en la sala vi a un niño en el espejo, un niño de mirada gris, como cuando alguien se da cuenta que han robado sus colores, en el interludio que hay entre el coraje y la tristeza. No le hice caso, pensé que era algún fantasma o un poema muerto de algún autor que lo echó con todo y papel a la basura. Ayer fue un día difícil, hoy tranquilo espero. Marieli me enseño a esperar nada. Espero jugando con mis mentiras en una bolsa de plástico… fatigado de la espalda y de la cama, echo nudos en la habitación artificial que guarda a mi cuerpo pisoteado por el hambre, la sed y los acechos. Espero recapitulando, espero curándome, aliviándome, untándome ungüentos de charlatanes.
*texto tomado de un diario personal fechado el 17/03/07
**no recuerdo por que marque esta parte del texto.
lunes, 5 de abril de 2010
DESAYUNO
Ahora,
Frente a una taza de leche,
Recupero el mar dilatado de mi memoria.
Pienso en el sueño
Y en la piel morena
De la sirena
Anclada a la parte interior
De mis parpados.
Razono lo siguiente:
Daniel,
Solamente fue un sueño
Del que no despertaste fatigado,
Feliz de haber tocado
Con tus labios
Sus labios.
Ella vive en la cajita redonda
Donde las musas
Guardan sus galletas.
Ella vive en el agua del pincel
Donde Daniel
Diluye el ocre.
Entonces imagino
Como sus dientes
Muerden la galleta
Y la veo en ese
Escenario espeso que es el sueño.
Otra vez
y otra
y otra
y otra.
Frente a una taza de leche,
Recupero el mar dilatado de mi memoria.
Pienso en el sueño
Y en la piel morena
De la sirena
Anclada a la parte interior
De mis parpados.
Razono lo siguiente:
Daniel,
Solamente fue un sueño
Del que no despertaste fatigado,
Feliz de haber tocado
Con tus labios
Sus labios.
Ella vive en la cajita redonda
Donde las musas
Guardan sus galletas.
Ella vive en el agua del pincel
Donde Daniel
Diluye el ocre.
Entonces imagino
Como sus dientes
Muerden la galleta
Y la veo en ese
Escenario espeso que es el sueño.
Otra vez
y otra
y otra
y otra.
jueves, 18 de marzo de 2010
PALACIO
Caminamos y yo le digo que estoy cansado de mirar los coches y es que a veces pienso que son animales domesticados, condenados a la esclavitud, bajo el absurdo yugo de los hombres ignorantes, carentes de ritmo.
Ella detesta cuando estoy así, lo sé y ella sabe que lo se pero hoy su paciencia es admirable tanto como sus ojos.
Yo no la admiro ni le agradezco, al contrario, casi puedo tocar lo denso de mi conciencia; de mi aburrimiento. Lo rasgo con un tenedor y con sus moronas escribo mi nombre.
Le digo que hasta el sol me da nauseas cuando abro los labios y su calor cae al gusano de mi boca. Tampoco miento cuando digo que estoy mareado, que los heliotropos representan ahora mismo sobre nuestras cabezas, mi mente divagarte.
Con sus pasos hace saltar el agua negra, la mugre toca mis sencillos tulipanes, el viento que corre trae consigo muchos olores, tengo que detenerme para razonar ¿oculto? El cigarro cae de mis manos. –Olvídalo- chilla y toda la tonalidad del asfalto explota en mis ojos cuando, a punto de ironizar con el dedo, doblamos la esquina rota como espada. Ella jala mis manos con ociosa paciencia, como lo harían las resignadas banderas atadas al mástil olvidado del barco varado.
De los escaparates salen mujeres vestidas de novias que me dan un miedo religioso, las zapatillas que calzan parecen pollos modernos, y sus cabelleras, esos monumentales risos bien definidos me recuerdan las silenciosas notas de los enamorados sin estambres vocales, los que beben modestas botellas de decolorante.
Nunca me ha importado mucho mi apariencia, total, los tenis pueden lavarse, los pantalones, los tulipanes. Pasos y el gris rasguñando los tenis sin memoria, gris y el agua negra negándose a asumirse como tal, gris y el mendigo jugando al hipnotizador (“¡carajo!” oigo) gris y el blanco de una página perdida que pudo ser una generación ”quiero golpearlo señor ¿nota algo raro en mi?”
Tengo miedo. Llego frente a la señora de los lentes y le digo que reselle mis labios. “tranquilo” dice ella que va conmigo, la que me lleva; “¿los resella?” después tomo la pluma y ensayo como prender otro cigarrillo.
-creo que ya se van todos- le digo
-¿A dónde?
-pues a sus casas… o ya se, todos nos estamos yendo.
Le confieso mis temores mientras Palacio Nacional nos mira y la odio más cuando suelta la carcajada. También me da pena que nos vean besándonos.
La odio, lo sé. Riego el rencor con groserías liquidas mentales y busco los cerillos. Recuerdo que alguien no me devolvió el encendedor en casa.
Camino y no puedo detenerme, en mi mano el ocre me recuerda la saliva, ha explotado el color en mi bolsillo, ya había superado el temor de la pluma chorreteada en “el bolsillo del corazón” la pintura me degrada a humano, el calor por momentos ya no es tan insoportable, al contrario, creo que me adormece. Cuando miro hacia atrás la cocina me despierta una melancolía inédita, toco incrédulo el oro de los tulipanes, froto la manzana verde contra mis ropas, muerdo sin asombro la fruta que después será hastió.
-¿Cuándo fue la última vez?- Pregunta ella
-cuando fui a la biblioteca, cuando todo me sabia amargo. O tal vez ahora mismo.
-enfócalo al arte-contesta, pero no puedo ver sus labios, no sé si ironiza. Su mano sigue igual jalando la mía y no noto la más sutil irreverencia. Por un segundo malicioso me pasa por la mente embarrarme con su morral negro, pero recuerdo que sus ojos son bonitos, así que decido guardar silencio, tratando de respirar profundamente por la nariz mientras el sol sigue juzgando, mientras el mareo regresa, las nauseas, el asco. Me sigue jalando, es más fuerte que yo ¿o soy yo el que la jala a ella?
“¡apúrale!”
Dice
un anuncio de los llamados “espectaculares”.
oct/08
Ella detesta cuando estoy así, lo sé y ella sabe que lo se pero hoy su paciencia es admirable tanto como sus ojos.
Yo no la admiro ni le agradezco, al contrario, casi puedo tocar lo denso de mi conciencia; de mi aburrimiento. Lo rasgo con un tenedor y con sus moronas escribo mi nombre.
Le digo que hasta el sol me da nauseas cuando abro los labios y su calor cae al gusano de mi boca. Tampoco miento cuando digo que estoy mareado, que los heliotropos representan ahora mismo sobre nuestras cabezas, mi mente divagarte.
Con sus pasos hace saltar el agua negra, la mugre toca mis sencillos tulipanes, el viento que corre trae consigo muchos olores, tengo que detenerme para razonar ¿oculto? El cigarro cae de mis manos. –Olvídalo- chilla y toda la tonalidad del asfalto explota en mis ojos cuando, a punto de ironizar con el dedo, doblamos la esquina rota como espada. Ella jala mis manos con ociosa paciencia, como lo harían las resignadas banderas atadas al mástil olvidado del barco varado.
De los escaparates salen mujeres vestidas de novias que me dan un miedo religioso, las zapatillas que calzan parecen pollos modernos, y sus cabelleras, esos monumentales risos bien definidos me recuerdan las silenciosas notas de los enamorados sin estambres vocales, los que beben modestas botellas de decolorante.
Nunca me ha importado mucho mi apariencia, total, los tenis pueden lavarse, los pantalones, los tulipanes. Pasos y el gris rasguñando los tenis sin memoria, gris y el agua negra negándose a asumirse como tal, gris y el mendigo jugando al hipnotizador (“¡carajo!” oigo) gris y el blanco de una página perdida que pudo ser una generación ”quiero golpearlo señor ¿nota algo raro en mi?”
Tengo miedo. Llego frente a la señora de los lentes y le digo que reselle mis labios. “tranquilo” dice ella que va conmigo, la que me lleva; “¿los resella?” después tomo la pluma y ensayo como prender otro cigarrillo.
-creo que ya se van todos- le digo
-¿A dónde?
-pues a sus casas… o ya se, todos nos estamos yendo.
Le confieso mis temores mientras Palacio Nacional nos mira y la odio más cuando suelta la carcajada. También me da pena que nos vean besándonos.
La odio, lo sé. Riego el rencor con groserías liquidas mentales y busco los cerillos. Recuerdo que alguien no me devolvió el encendedor en casa.
Camino y no puedo detenerme, en mi mano el ocre me recuerda la saliva, ha explotado el color en mi bolsillo, ya había superado el temor de la pluma chorreteada en “el bolsillo del corazón” la pintura me degrada a humano, el calor por momentos ya no es tan insoportable, al contrario, creo que me adormece. Cuando miro hacia atrás la cocina me despierta una melancolía inédita, toco incrédulo el oro de los tulipanes, froto la manzana verde contra mis ropas, muerdo sin asombro la fruta que después será hastió.
-¿Cuándo fue la última vez?- Pregunta ella
-cuando fui a la biblioteca, cuando todo me sabia amargo. O tal vez ahora mismo.
-enfócalo al arte-contesta, pero no puedo ver sus labios, no sé si ironiza. Su mano sigue igual jalando la mía y no noto la más sutil irreverencia. Por un segundo malicioso me pasa por la mente embarrarme con su morral negro, pero recuerdo que sus ojos son bonitos, así que decido guardar silencio, tratando de respirar profundamente por la nariz mientras el sol sigue juzgando, mientras el mareo regresa, las nauseas, el asco. Me sigue jalando, es más fuerte que yo ¿o soy yo el que la jala a ella?
“¡apúrale!”
Dice
un anuncio de los llamados “espectaculares”.
oct/08
viernes, 12 de febrero de 2010
SOPLA FUERTE EL VIENTO*
con el aire me acorde de este texto que tenía guardado...
Sopla fuerte el viento de marzo. En el escritorio hay polvo, agua en una botella y moronas de apatía.
Vista: cuando el tiempo pierda su inocencia los hombres nos olvidaremos de contar los años y cumpliremos días. Cuando salí a ver caminar a los ancianos, el centenar de pasos dejaron de ser teoría. En las horas de la tarde se cumplen sueños inmediatos ¿Cómo ver surgir un dia desde una ventana tapizada de amaneceres de papel? Cuando salí vi a un pájaro luchar contra el viento, desconcertado como yo.
¿De qué huye el viento? ¿A quién persigue? ¿Por qué tiene tanta prisa? A lo lejos una mujer lee, tal vez en voz alta lee. Cansada de ver como su belleza es recogida por los gallos como el maíz quebrado. No quiero recordar cómo se veía su carita tapada con la bufanda. Solo somos recuerdos de otras personas.
Aquí sopla el aire, sigue corriendo sin piernas, sin manos. Yo tengo miedo de que entre. Sopla recio, gira y el polvo rasguña con odio sus pulidos ojos. Corre y besa, abraza sin brazos, ayer lavé con rencor mis raspones, hoy tengo miedo del aire, no quiero que entre, tengo miedo de que entre en mi corazón hueco y que haga adentro lo que hace.
*Fragmento tomado de un diario personal fechado el 20 de marzo del 2007
viernes, 22 de enero de 2010
FOTOGRAFIA DE FOTOGRAFIA
Había decidido deshacerme de mi miseria, costabanme caro los destrozos de mi vida. Mi mirada clavada en el pavimento deambulaba silenciosa y prófuga. Ausente. Abstraída del pueblo San Andrés Ahuayúcan. El frio soplaba en mis parpados su melodía triste hasta que mis ojos tropezaron con la fotografía. Voltee al cielo y las nubes respetaron mi pusilánime estatura de grillo “va a llover otra vez” pensé y me agache a tomar la cartulina.
Entonces pude ver el rostro más bello que mis ojos hayan visto nunca. Una mujer hermosa con una sonrisa formal llena de iridiscente ternura, su mirada dibujaba un atardecer silencioso como el caer de una pluma; el regreso silencioso desde las milpas. Y decidí al instante que ella sería mi mujer.
El blanco y negro de la imagen llamaba mi atención. Intenté asirme de un cometa y me llevó con éxito a la cúspide de la llovizna. El agua corría como sonrisas. Las gotas, las gotas –pensé- serán tus labios. Decidí ponerle nombre inmediatamente y le escogí casi al instante “Minerva” o “Trinidad”. Saqué de los bolsillos fósforos y cigarrillos y decidí regresar al mundo porque los escasos coches chillaban, escupiéndome su llanto en los oídos, para que los dejara pasar. “El trabajo es para los idiotas” le di por respuesta a un taxista furioso, que me miraba con ojos de lumbre molida. Olvide su pregunta.
Y subí y subí por la ladera oeste mirando nuevamente el pavimento húmedo, mis zapatos estaban rotos, como mi sangre, como la cronología lógica de mis días. No podía caminar mucho, me pesaba el sonambulismo, me dolía el insomnio, me asustaba el sueño.
Adheridos a las paredes, carteles con historia me recordaban los romances; bailes que nunca se realizaron. Miré otra vez la fotografía. El cabello de ella casi podía ser palpable, perdido entre cortinas de agua, estambres entrándome por los ojos y zapatos, llegué a las calles donde la brújula de mi corazón me señalaba.
Casi oscurecía, las ventanas miraban con cortinas perla, la luz amarilla color de ajo. Tendida la ropa saludaba con el movimiento que le dan los niños-fantasma del aire. Tiempo después recordaría mi carrera frenética, mi huida horrorizada; los perros correteándome mordisqueando mis talones.
Y ahí estaba ella, entre las calles donde se dispersa, año con año, la procesión del “niño parraderito”, donde se asoman los forasteros buscando una gasolinería. Sentada en la banca en la que jamás podre sentarme.
La duda clavada como siempre en medio de mis ojos me hiso sacar nuevamente el retrato (había sido mi primer momento de duda) y compare… era ella.
En ningún momento sintió sorpresa de mi presencia, no se altero. Con mi miedo de conejo tome sus manos frías y la lluvia cayó aun mas caprichosa sobre nosotros.
Volteo a verme.
- ¿eres tu el caballero que arrojó una soga al mar para atrapar un incendio?- dijo – ¿el que vino desde la costa con un tesoro de alquimistas? mal hecho; aquí ya no te espera más que un pueblo sin piernas.
En el abrigo violeta el agua se hiso pantanosa. Sus ojos preguntaron tan claramente que conocí su voz antes de que hablara.
Le mostré la foto sin ánimos de convalecencia, sacando de mi baúl mi mirada modesta, sin decirle que se confundía.
-es mi madre- dijo con una sonrisa tibia que me dejo yerto –murió hace un mes esperando a un marinero que se bebió medio mar en brandy y la otra mitad en vino y sus hijos nos volvimos lluvia- y, efectivamente, sus ojos se volvieron de agua.
Entonces empezaron a ladrar los perros.
sep/08
Entonces pude ver el rostro más bello que mis ojos hayan visto nunca. Una mujer hermosa con una sonrisa formal llena de iridiscente ternura, su mirada dibujaba un atardecer silencioso como el caer de una pluma; el regreso silencioso desde las milpas. Y decidí al instante que ella sería mi mujer.
El blanco y negro de la imagen llamaba mi atención. Intenté asirme de un cometa y me llevó con éxito a la cúspide de la llovizna. El agua corría como sonrisas. Las gotas, las gotas –pensé- serán tus labios. Decidí ponerle nombre inmediatamente y le escogí casi al instante “Minerva” o “Trinidad”. Saqué de los bolsillos fósforos y cigarrillos y decidí regresar al mundo porque los escasos coches chillaban, escupiéndome su llanto en los oídos, para que los dejara pasar. “El trabajo es para los idiotas” le di por respuesta a un taxista furioso, que me miraba con ojos de lumbre molida. Olvide su pregunta.
Y subí y subí por la ladera oeste mirando nuevamente el pavimento húmedo, mis zapatos estaban rotos, como mi sangre, como la cronología lógica de mis días. No podía caminar mucho, me pesaba el sonambulismo, me dolía el insomnio, me asustaba el sueño.
Adheridos a las paredes, carteles con historia me recordaban los romances; bailes que nunca se realizaron. Miré otra vez la fotografía. El cabello de ella casi podía ser palpable, perdido entre cortinas de agua, estambres entrándome por los ojos y zapatos, llegué a las calles donde la brújula de mi corazón me señalaba.
Casi oscurecía, las ventanas miraban con cortinas perla, la luz amarilla color de ajo. Tendida la ropa saludaba con el movimiento que le dan los niños-fantasma del aire. Tiempo después recordaría mi carrera frenética, mi huida horrorizada; los perros correteándome mordisqueando mis talones.
Y ahí estaba ella, entre las calles donde se dispersa, año con año, la procesión del “niño parraderito”, donde se asoman los forasteros buscando una gasolinería. Sentada en la banca en la que jamás podre sentarme.
La duda clavada como siempre en medio de mis ojos me hiso sacar nuevamente el retrato (había sido mi primer momento de duda) y compare… era ella.
En ningún momento sintió sorpresa de mi presencia, no se altero. Con mi miedo de conejo tome sus manos frías y la lluvia cayó aun mas caprichosa sobre nosotros.
Volteo a verme.
- ¿eres tu el caballero que arrojó una soga al mar para atrapar un incendio?- dijo – ¿el que vino desde la costa con un tesoro de alquimistas? mal hecho; aquí ya no te espera más que un pueblo sin piernas.
En el abrigo violeta el agua se hiso pantanosa. Sus ojos preguntaron tan claramente que conocí su voz antes de que hablara.
Le mostré la foto sin ánimos de convalecencia, sacando de mi baúl mi mirada modesta, sin decirle que se confundía.
-es mi madre- dijo con una sonrisa tibia que me dejo yerto –murió hace un mes esperando a un marinero que se bebió medio mar en brandy y la otra mitad en vino y sus hijos nos volvimos lluvia- y, efectivamente, sus ojos se volvieron de agua.
Entonces empezaron a ladrar los perros.
sep/08
miércoles, 30 de diciembre de 2009
HAMBRE DE PÚAS
Tengo hambre de púas, un hambre lenta que camina por mi salón y despierta las más bajas paciones, como un grillete.
Tengo hambre de púas y mis amigas no me ayudan a olvidar la risa del alambre, es como un rio que me recuerda que algún día mi cabello será vendido con los cables de luz eléctrica
No tengo miedo ante el precipicio, tengo la curiosidad admirable de los reptiles
La paciencia de los lagartos
Tengo también hambre de cerca eléctrica.
Y cada día que pasa, la cúspide de los transformadores me llama más y más por mi nombre de acero, con sus trece soledades.
Solo que sombras tan temidas como la tuya, jamás podrán ser vistas en el día, solo que tu risa no se regara en el rio de plata que suena en la orilla de los cómicos naturales
Espero hambriento a que decline el año, arañando con fatiga mi piel
Espero tranquilo y sin temores, sin prisa y sin zapatos como los carnívoros cocodrilos, espero
Con la vista fija al frente
Con los dientes afilados, rechinando de limpios como en el comercial
Espero, sin prisa espero
Pero con hambre.
30/12/2009
viernes, 11 de diciembre de 2009
BALADA DEL HOMBRE INPUNTUAL
Deténgase, tome un poco de eso
Pan con queso,
Fúmese un cerillo y encienda un incendio
Que queme su prisa.
A estas horas de la tarde,
Las mujeres cosechan la curiosidad
En el terreno de diez centímetros
Entre la rodilla y la falda.
La tela vela entre nosotros,
Media entre su mirada al reloj
Y el reflejo de los trenes estáticos,
Que quisiera recordar el viajero,
Para acordarse de los muebles de su derrota,
Del contrato incumplido.
Aquí los impuntuales somos todos,
No llegamos ni a la hora tardía,
No llegamos puntuales ni a la muerte.
Maneje con cautela los segundos en sus manos.
A estas horas de la tarde
Las mujeres manejan,
En sus brazos desnudos,
Los caminos de la crema y el perfume.
Mejor fume ahora que puede,
En el avión
El ave estática romperá sus alas contra el aire
Y soñara cometas.
Nosotros
Llegaremos tarde.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Cuando salimos de la exposición Marieli se desbarataba en sonrisas y risitas tontísimas por la mota. La cosa en sí, era seguírnosla en una fiesta allá por santa Úrsula. Yo no estaba muy animado que digamos, mi idea me atraía mas; estar con Marieli, platicar, tomar unas cuantas cervezas y regresar a mi casa. Acepte mientras rascaba de mi bolsillo mí ya poco atractivo salario del gobierno.
Nuestros pasos eran rápidos, aun así, yo no me sentía tan mareado por el vino pero cuando vi el suelo sentí como si estuviera temblando.
-estatemblando-dije y Marieli otra vez se rio como niña.
Entretenido estaba viendo el suelo. Siempre me han gustado los adoquines mojados, me dan tristeza pero también me tranquilizan.
-¿como aqueoras son?- dije.
-como las diez- contesto ella y no volteo a verme. Sus ojos de sueño siguieron mirando al frente y en ese momento me dio la impresión de que era una mujer cultísima e inteligentísima. Chale, pensé.
Coyooooacan huele mas a café como a las siete y media, eso estaba comentándole a ella cuando me pasó el cigarro. El humo azul ascendió en pausas y llego a una ventana e hiso estornudar a un gato. “pinche gato” dijo ella mientras sonreía ya libre de objetos raros en su cara.
-calma- dije cuando me di cuenta que empezamos a caminar de prisa.
-somos los rieles- dijo arrastrando como estropajo las palabras.
Decidimos tomar cerveza en un expendio de por ahí, cuando entramos todos dejaron caer sus asientos con estrépito, nos miraron con sospecha y se alejaron de nuestro camino. Una débil luz nos dibujaba a todos.
-ya estoy cansada de que nos miren con miedo- dijo ella irónica, yo no encontré comentario adecuado.
Llamaron a mi móvil, era Omi que me decía que se había escapado de su casa, que de seguro sus papas lo andaban buscando para madrearlo porque les robo dinero para costearse la huida. Le dije que si quería (pues hay si le quieres caer) podía acompañarnos a la fiestecilla, que nos veíamos ahí.
-no te gustan mis labios Daniel- comento Marieli, y me entretuve mirándola un rato, ahora parecía una actriz de teatro y oficio en la oscuridad.
A ella le gustan mucho sus labios, tiene fotos de su boca pegadas en la puerta de su recamara y cada cumple, con bilé rojo carmesí, pinta un beso con su boca desde que tenía seis años.
-me gustan más los de Josefina- dije con un rencor crudo.
-¿y por qué nunca se lo dices?
-Porque hace mucho que no la veo.
-pero si ha estado con nosotros desde que salimos de la expo.
-¿Cómo?- dije- ¿apoco es ella?
“gracias” dijo Josefina tímidamente y volvió a ser inmaterial.
Libre de todas distracciones comencé a mirar sin miedo los muros de la cantina. Un cuadro de un torero, marco café, pared ocre; cuadro de un toro, marco café, pared ocre.
-¿te da miedo la media luz?- le pregunte al verme acostumbrado a la poca luz del lugar.
-no, me parece romántica querido –contestó irónica
-yo creo que es triste- dije serio.
-¿Qué es triste?
-la media luz
-ah…
El silencio se prolongó, la luz minaba el tacto, vagaba con precaución tratando de no tropezar con su propia presa. Cuadro, marco, muro; rojo, café, ocre; rojo, café, ocre.
-No voy a ir a Santa Úrsula- dijo Marieli, yo no entendí sus palabras, me había despeñado en lo oscuro del vaso, parecíame un pozo moderno, pecado, maple, cebada enlutecida, cráter fenomenal del tedio.
-cráter
-¿Qué?
-nada, que ¿Por qué no vas a santa Úrsula?
-porque no quiero
-¿Por qué no quieres?
-porque no se me da la gana
¿Y por qué no se te da la gana…?
Sujetamos fuerte las riendas junto a Hatsepsut. Marieli mantiene la expresión solemne, siempre sabe que cara poner, yo no. Yo veo el panorama, los cerros violetas, la arena, el cielo; que cursi puedo ser algunas veces. Siento el aire en mi cara, diminutos granos de arena que chocan con mi rostro, el rostro que no sabe ser rostro. Saboreo y también hay arena en la boca, el sol nos jode a todos pero me siento alegre y sano. En verdad es bonita Hat. La recorro con la mirada y me animo a tocar con el índice su hombro desnudo, brillante y bronceado.
Marieli sale del baño. Le pregunto si ya leyó “children of the morning” y ella dice no.
-¿Quién es el autor? Pregunta
-Paulina Gau…quiensabeque
-ah si. No me gusta como escribe.
Pagamos una cuenta pobre. Inseguros nos acercamos a un mostrador donde un obeso con boina jugaba al prestidigitador en la penumbra. Yo tenía miedo de ponerle atención a sus manos, de pronto me di cuenta que la oscuridad se había solidificado en su rincón. No quería descubrir que en realidad no tenía miembros o que solo era su piel vacía la que vagaba en el aire. Marieli valientemente sacó de su bolsita rosa un billete,”vámonos” dijo con un aire extraño de autoridad maternal. Mis ojos buscaban algo que sugiriera que el cantinero era real, después vi el rostro de Mery, en verdad es bonita su boca.
-¿de dónde viene la poca luz? Pregunte casi saliendo del rincón más oscuro al percatarme audazmente de que no existía un solo mechero.
-¿no sabes?- dijo el obeso. Yo me detuve.
-no
-de los cuadros, yo los pinté.
-payaso- dijo Marieli a manera de despedida.
Otra vez los adoquines. Miro mis pies y pienso por un momento que estoy actuando, soy un actor y tengo que doblar la esquina y tengo que ver a Mery a los ojos y decirle muy muy triste que ha muerto su madre.
-Meri
-¿Qué?
Espérate
-¿Qué?
-ha muerto tu madre
-¡vaya! que noticia- contesta irónica eso fue hace como dos años, al tuya también ¿no?
Si, digo y luego entristezco pero sigo actuando.
La deje llorando en el taxi, sus ojos húmedos estaban fijos en mis ojos “¿me cuentas que tal estuvo?” Dijo y yo “órale pues, te hablo mañana”. El chofer la miraba atento por el espejo retrovisor, también la vio sonreír cuando leyó el mensaje que le mande. Ella contesto; “ya no hay que jugar más a llorar ni a actuar”.
Oct/08
viernes, 13 de noviembre de 2009
PRESENCIA
Es difícil el trabajo del ocio,
No hay nada más cansado que mostrarle tus años a la ventana
Con las manos abiertas como alquimista,
Sobre una almohada de migajón.
Mis alas ya no son nuevas.
Como cuando termine despierto bajo las sabanas,
Otra vez,
Consonante como el silbido de un resorte,
La calle me pide los pasos que los caminantes les hemos robado a la ternura.
Mi sabiduría no es mucha pero todos estos segundos
Fui capaz de mantener la imagen de ella lejos de mi cabeza.
Su presencia es nueva a cada instante,
Es como agua cristalina que brota de lo nuevo,
Del pozo exacto.
Quiero compararla con la lluvia
O con la niña de tela que se hunde en el líquido café de sus ojos.
Quiero compararla con la palabra”ola”
Pero mi poco sentido de la orientación se desmorona
Con cada día sin permiso; con cada latido.
Los puentes de la eternidad son remplazados por unos más modernos.
Hace ya mucho rato que deje libre mi último duende del lenguaje.
En el cajón el sonido es hueco.
El día es una baba ociosa que a momentos se extiende y a momentos se contrae.
En medio de eso mis ojos encuentran rastros en las letras.
Ella está en todas las partes de la línea;
En el circulito rosa del lápiz amarillo.
Podemos.
Y al mismo tiempo no sé si existe,
Si la que veo y toco con un beso tan aburrido como pan de caja existe.
Yo mismo no sé si existo o soy una canción absurda y cursi.
No sé con qué moneda compra mi silencio,
No sé de qué rio viene esta sonrisa de agua cuando la encuentro en otros rostros.
Pero he pensado Daniel, que es suficientemente fuerte mi sentido
Como para caer si rieles sobre el motor consonante de su recuerdo.
Frente a la ventana puedo pensar abiertamente en el exilio.
No importan más las rayas del cementerio tranquilo del tiempo
Ni las telarañas,
Ni los aretes moviéndose con su lanza en la danza arrítmica de su cabello.
Retorciéndose de tranquilidad como su música.
Hay momentos en que nuestras miradas parecieran una sola,
Yo quisiera que ella me regalara
La botella que más se pareciera a ella
Para ponerla a contra luz mientras se pone el sol
Y los rayos atreves del vidrio
Muestren los colores que no lograran sorprenderme,
Porque no estoy preparado para reparar en el tiempo.
oct/08
viernes, 30 de octubre de 2009
Noche Uno
Durmiendo entre tulipanes y alfileres, despertando disipando nubes violetas de miedo filoso...
Me di cuenta que los quejidos venían del cuarto de mi hermano al cuarto para las tres de la madrugada ¿a qué hora salen los espectros? Creo que sueña que alguien lo persigue para matarlo, lo corretean, son rateros o lago así. Miro la ventana y un rayo lunar juega a ser plata como la cadena de la primera comunión. Reviso el cuaderno y en la oscuridad percibo el sobreviviente blanco, no hay nada escrito, mi “otro yo” no ha venido a escribir (mejor dicho a dictarme dormido). Tomo el celular y escribo”golpeaste sombras naturales en un síntoma decías fijo, octavo pie de columna para arrastrar tengamos” después oprimo los botones correspondientes.
Tengo miedo de haber perdido el habla, la voz. A veces tengo miedo de quedarme bizco, pienso que hago bizco en la oscuridad o cuando cierro los ojos. Bueno, pero ahora tengo miedo de quedarme mudo. Intento hablar pero la oscuridad y el silencio me avergüenzan, ya no oigo a mi hermano quejarse, la pesadilla ya habrá terminado. Si soñara que me persiguen quisiera soñar que me corretean gatos sin orejas, grandes como perros pero sin llegar a ser pumas. Me pregunto que habrá allá afuera, siento el sueño en mis parpados y quiero capturarlo como si fuera un hada, o una mariposa verde. Vibra el celular en el mueble.
El móvil baila, yo recuerdo al pájaro que se bañaba en el perol lleno de agua, salpicaba por todos lados, sus colores eran claros, después alguien lo apedreo. “tengo sueño, deja de estar chingando” dice el mensaje cuando lo leo.
Los perros no aúllan, sospecho que alguien duerme de bajo de mi cama, alguien con gafas, una sombra con lentes, o una negra con anteojos rosas. Pienso que si me diera insomnio escucharía música en mi pequeño radio, reviso mentalmente los cables, recapitulo letras de canciones y poco a poco la gravedad escupe en mi pecho el sudor de tonos violetas. Quisiera tener un sueño violeta sin que fuera una pesadilla, quisiera soñar como mi hermano, que me corretean a mí en carreta, con puerta avienta, manejando un toro, la capota, el silbido… ¿Qué? Ah sí, ¿Qué? La noche tiene filo como la navaja, nocierreslosojosDaniel porque la arena puede tener encías, no, dientes, no, arena ¿mi hermano? Claro, quisiera estar en su pesadilla, sería divertido estar en las pesadillas de muchos, correteándolos con una espada láser, recorriendo el mundo, pausado, pausado, ladrillos, ardillas, sombrillas ladillas, Tom y Jerry.
Vibra otra vez el celular, yo regreso, tomo el lazo que me ata a la vigilia, lo amarro a mi cintura ¿estoy retando al insomnio? No quiero que venga, un nuevo mensaje de M*; “en un internado una niña brinca la cuerda. No tiene cuello” dice, yo rio, y ni me acuerdo del miedo a la “mudez” vuelvo a buscar entre las pestañas en insipiente sueño ahora, decido no navegar, entregándome a la deriva y nuevamente un grito hiere a la noche cuajada.
Es mi hermano que sueña que alguien lo persigue.
Nov/08
viernes, 16 de octubre de 2009
Bienvenidos
Hace tiempo mi padre llevó a casa una máquina de escribir. Antes de eso, habían sido pocos los libros que había leído y pocas las cosas que yo había escrito, aparte claro, de los trabajos de la escuela.
Los textos que había escrito en su mayoría eran poemas muy cursis y narraciones inconclusas y además; jamás había tenido otro referente, por ejemplo, de la literatura dadaísta, que una explicación muy ligera que una profesora de la secundaria me había dado.
Lo primero que escribí en la máquina fue una carta dirigida a nadie, después una narración acerca de una casa embrujada (más bien eran muebles embrujados) que nunca concluí y lo tercero fue este intento de poema dadaísta que ahora que conozco un poco más del tema, me doy cuenta que está lejos de ser tal.
A manera de introducción para este blog lo reproduzco tal y como está escrito, (puntuación, estructura, ortografía, etc.) como una de las referencias más cercanas a mi hábito de escribir de ese entonces y aclarando que será de los pocos que rescate del pasado.
EL DIA DE LA GUACAMAYA
(Versión dada)
El homenaje es de pino, el festejo tan frustrado como el camino de
estropajo azulado. Entre el desayuno y el descanso, solitaria navega
en el viento como precipitada por el rasguño denuves. Entender es dis-
tinto, olvidar es imposible, y cuando caen las gotas de plomo sobre
el fulgor del crepúsculo, nacen los tiempos de puntería, el pulso
de-sa- pa-re-ce junto con el lamento de los pájaros.
Al final, el pesado tesoro se ve caer igual de elegante, con la luz
De los colores. Pero así se ve como la vida de cometa, que se retuerce en silencio
Despues de tremendo escándalo innecesario.
Sin paz, el Testamento es el siguiente: el alcohol para las heri-
das en los señores y un montón de plumas para mi estancadanaturaleza.
Los textos que había escrito en su mayoría eran poemas muy cursis y narraciones inconclusas y además; jamás había tenido otro referente, por ejemplo, de la literatura dadaísta, que una explicación muy ligera que una profesora de la secundaria me había dado.
Lo primero que escribí en la máquina fue una carta dirigida a nadie, después una narración acerca de una casa embrujada (más bien eran muebles embrujados) que nunca concluí y lo tercero fue este intento de poema dadaísta que ahora que conozco un poco más del tema, me doy cuenta que está lejos de ser tal.
A manera de introducción para este blog lo reproduzco tal y como está escrito, (puntuación, estructura, ortografía, etc.) como una de las referencias más cercanas a mi hábito de escribir de ese entonces y aclarando que será de los pocos que rescate del pasado.
EL DIA DE LA GUACAMAYA
(Versión dada)
El homenaje es de pino, el festejo tan frustrado como el camino de
estropajo azulado. Entre el desayuno y el descanso, solitaria navega
en el viento como precipitada por el rasguño denuves. Entender es dis-
tinto, olvidar es imposible, y cuando caen las gotas de plomo sobre
el fulgor del crepúsculo, nacen los tiempos de puntería, el pulso
de-sa- pa-re-ce junto con el lamento de los pájaros.
Al final, el pesado tesoro se ve caer igual de elegante, con la luz
De los colores. Pero así se ve como la vida de cometa, que se retuerce en silencio
Despues de tremendo escándalo innecesario.
Sin paz, el Testamento es el siguiente: el alcohol para las heri-
das en los señores y un montón de plumas para mi estancadanaturaleza.
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