viento de la palabra

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jueves, 18 de marzo de 2010

PALACIO

Caminamos y yo le digo que estoy cansado de mirar los coches y es que a veces pienso que son animales domesticados, condenados a la esclavitud, bajo el absurdo yugo de los hombres ignorantes, carentes de ritmo.
Ella detesta cuando estoy así, lo sé y ella sabe que lo se pero hoy su paciencia es admirable tanto como sus ojos.
Yo no la admiro ni le agradezco, al contrario, casi puedo tocar lo denso de mi conciencia; de mi aburrimiento. Lo rasgo con un tenedor y con sus moronas escribo mi nombre.
Le digo que hasta el sol me da nauseas cuando abro los labios y su calor cae al gusano de mi boca. Tampoco miento cuando digo que estoy mareado, que los heliotropos representan ahora mismo sobre nuestras cabezas, mi mente divagarte.
Con sus pasos hace saltar el agua negra, la mugre toca mis sencillos tulipanes, el viento que corre trae consigo muchos olores, tengo que detenerme para razonar ¿oculto? El cigarro cae de mis manos. –Olvídalo- chilla y toda la tonalidad del asfalto explota en mis ojos cuando, a punto de ironizar con el dedo, doblamos la esquina rota como espada. Ella jala mis manos con ociosa paciencia, como lo harían las resignadas banderas atadas al mástil olvidado del barco varado.
De los escaparates salen mujeres vestidas de novias que me dan un miedo religioso, las zapatillas que calzan parecen pollos modernos, y sus cabelleras, esos monumentales risos bien definidos me recuerdan las silenciosas notas de los enamorados sin estambres vocales, los que beben modestas botellas de decolorante.
Nunca me ha importado mucho mi apariencia, total, los tenis pueden lavarse, los pantalones, los tulipanes. Pasos y el gris rasguñando los tenis sin memoria, gris y el agua negra negándose a asumirse como tal, gris y el mendigo jugando al hipnotizador (“¡carajo!” oigo) gris y el blanco de una página perdida que pudo ser una generación ”quiero golpearlo señor ¿nota algo raro en mi?”
Tengo miedo. Llego frente a la señora de los lentes y le digo que reselle mis labios. “tranquilo” dice ella que va conmigo, la que me lleva; “¿los resella?” después tomo la pluma y ensayo como prender otro cigarrillo.
-creo que ya se van todos- le digo
-¿A dónde?
-pues a sus casas… o ya se, todos nos estamos yendo.
Le confieso mis temores mientras Palacio Nacional nos mira y la odio más cuando suelta la carcajada. También me da pena que nos vean besándonos.
La odio, lo sé. Riego el rencor con groserías liquidas mentales y busco los cerillos. Recuerdo que alguien no me devolvió el encendedor en casa.
Camino y no puedo detenerme, en mi mano el ocre me recuerda la saliva, ha explotado el color en mi bolsillo, ya había superado el temor de la pluma chorreteada en “el bolsillo del corazón” la pintura me degrada a humano, el calor por momentos ya no es tan insoportable, al contrario, creo que me adormece. Cuando miro hacia atrás la cocina me despierta una melancolía inédita, toco incrédulo el oro de los tulipanes, froto la manzana verde contra mis ropas, muerdo sin asombro la fruta que después será hastió.
-¿Cuándo fue la última vez?- Pregunta ella
-cuando fui a la biblioteca, cuando todo me sabia amargo. O tal vez ahora mismo.
-enfócalo al arte-contesta, pero no puedo ver sus labios, no sé si ironiza. Su mano sigue igual jalando la mía y no noto la más sutil irreverencia. Por un segundo malicioso me pasa por la mente embarrarme con su morral negro, pero recuerdo que sus ojos son bonitos, así que decido guardar silencio, tratando de respirar profundamente por la nariz mientras el sol sigue juzgando, mientras el mareo regresa, las nauseas, el asco. Me sigue jalando, es más fuerte que yo ¿o soy yo el que la jala a ella?
“¡apúrale!” 

               Dice

                     un anuncio de los llamados “espectaculares”.

oct/08

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