Había decidido deshacerme de mi miseria, costabanme caro los destrozos de mi vida. Mi mirada clavada en el pavimento deambulaba silenciosa y prófuga. Ausente. Abstraída del pueblo San Andrés Ahuayúcan. El frio soplaba en mis parpados su melodía triste hasta que mis ojos tropezaron con la fotografía. Voltee al cielo y las nubes respetaron mi pusilánime estatura de grillo “va a llover otra vez” pensé y me agache a tomar la cartulina.
Entonces pude ver el rostro más bello que mis ojos hayan visto nunca. Una mujer hermosa con una sonrisa formal llena de iridiscente ternura, su mirada dibujaba un atardecer silencioso como el caer de una pluma; el regreso silencioso desde las milpas. Y decidí al instante que ella sería mi mujer.
El blanco y negro de la imagen llamaba mi atención. Intenté asirme de un cometa y me llevó con éxito a la cúspide de la llovizna. El agua corría como sonrisas. Las gotas, las gotas –pensé- serán tus labios. Decidí ponerle nombre inmediatamente y le escogí casi al instante “Minerva” o “Trinidad”. Saqué de los bolsillos fósforos y cigarrillos y decidí regresar al mundo porque los escasos coches chillaban, escupiéndome su llanto en los oídos, para que los dejara pasar. “El trabajo es para los idiotas” le di por respuesta a un taxista furioso, que me miraba con ojos de lumbre molida. Olvide su pregunta.
Y subí y subí por la ladera oeste mirando nuevamente el pavimento húmedo, mis zapatos estaban rotos, como mi sangre, como la cronología lógica de mis días. No podía caminar mucho, me pesaba el sonambulismo, me dolía el insomnio, me asustaba el sueño.
Adheridos a las paredes, carteles con historia me recordaban los romances; bailes que nunca se realizaron. Miré otra vez la fotografía. El cabello de ella casi podía ser palpable, perdido entre cortinas de agua, estambres entrándome por los ojos y zapatos, llegué a las calles donde la brújula de mi corazón me señalaba.
Casi oscurecía, las ventanas miraban con cortinas perla, la luz amarilla color de ajo. Tendida la ropa saludaba con el movimiento que le dan los niños-fantasma del aire. Tiempo después recordaría mi carrera frenética, mi huida horrorizada; los perros correteándome mordisqueando mis talones.
Y ahí estaba ella, entre las calles donde se dispersa, año con año, la procesión del “niño parraderito”, donde se asoman los forasteros buscando una gasolinería. Sentada en la banca en la que jamás podre sentarme.
La duda clavada como siempre en medio de mis ojos me hiso sacar nuevamente el retrato (había sido mi primer momento de duda) y compare… era ella.
En ningún momento sintió sorpresa de mi presencia, no se altero. Con mi miedo de conejo tome sus manos frías y la lluvia cayó aun mas caprichosa sobre nosotros.
Volteo a verme.
- ¿eres tu el caballero que arrojó una soga al mar para atrapar un incendio?- dijo – ¿el que vino desde la costa con un tesoro de alquimistas? mal hecho; aquí ya no te espera más que un pueblo sin piernas.
En el abrigo violeta el agua se hiso pantanosa. Sus ojos preguntaron tan claramente que conocí su voz antes de que hablara.
Le mostré la foto sin ánimos de convalecencia, sacando de mi baúl mi mirada modesta, sin decirle que se confundía.
-es mi madre- dijo con una sonrisa tibia que me dejo yerto –murió hace un mes esperando a un marinero que se bebió medio mar en brandy y la otra mitad en vino y sus hijos nos volvimos lluvia- y, efectivamente, sus ojos se volvieron de agua.
Entonces empezaron a ladrar los perros.
sep/08
viento de la palabra
viernes, 22 de enero de 2010
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