"No son los enemigos
los que condenan a uno a la soledad,
son los amigos" M . Kundera
El paisaje se derrite en la ventana, se cae de viejo. En unos minutos morirá la monotonía, yo quiero sobrevivir sobándome las coyunturas, rociándome a intervalos pequeños de tiempo pellizcos del polvo de la vejez y recapitulando en revistas los cuerpos decapitados de las modelos anoréxicas. Recuerdo que en un tiempo me dio por pegar en las puertas de mis vecinos estampitas de vírgenes sin cabeza y de perros con anteojos, como los perros que me correteaban babeando, con esa espuma terrorífica en sus hocicos, en Coyoacán. Desistí cuando todos ellos pegaron, detrás de sus puertas, cabezas de colmenas y jaulas de guacamayas –no seas imbécil- me dijo uno de ellos –las estampas no sobreviven a los aguaceros de Agosto.
Escucho los pasos del reloj, se parecen a los latidos de los tiernos tulipanes cuando duermen en la florería de noche, cuando no tienen la presión de ser vendidos a algún callejero enamorado. Que tristes son los claveles en los ojales. Corazones intercambiados explotando de calor en las grandes travesías. El amor no está a la vuelta de la esquina como la miscelánea oculta entre los pirules el amor siempre está lejos; detrás de la cama, en un autobús sin frenos o en la calle donde se encuentran los vendedores de cocoles y los africanos melómanos que se pasean para olvidar el hambre. Los que están enamorados tienen que caminar como “zombis”, como los zombis de las películas contratados para caminar, caminar y caminar ¿y si alguno se hubiera perdido? ¿Y si no escucho el “corte y queda” y sigue caminando con ese tambaleo propio de los zombis (que torpes son)? Seguramente los confundiríamos con los enamorados “ese wey está enamorado” diríamos.
Muy pronto llegará Marieli, cuando se acerca tiembla la tierra, se cae el polvo de mis uñas y tengo que usar dedales por unos segundos y tengo que ponerme la chamarra blanca también porque cuando se va acercando las paredes destilan refresco de toronja y hace un frío parecido al de Noviembre. Por eso es que cuando ella llega yo ya tengo botellas de refresco llenas para el tequila que ella trae cargando en su mochila misteriosa, como los escarabajos, ocultándose detrás de las piedras*, perdiéndose en su miedo de caer en una trampa artificial de algún coleccionista de caparachos. Cuando yo sea tortuga me preocupare de los diluvios trágicos, de los coches con motor nostálgico como los muñecos de cuerda) y de pintar en el caparazón los perfectos trazos del jardín botánico, con colores primarios primero, con sus sombras complementarias y después, pincelando pastelosas pastas hasta perder el asombro, hasta convertirme en un robot didáctico, que retroceda el paso cuando encuentre escombros de sabiduría y también que recule cuando el lirismo de las letras se torne entristecedor como las madrugadas sin música. Si las fiestas pudieran platicar con otras fiestas, seguramente muchos de nosotros seriamos despedidos de nuestros trabajos, compraríamos un portafolio donde meteríamos platos de unicel mugrosos que nos recordarían los besos de una despedida o a alguna mujer (por mi condición de hombre heterosexual) pidiendo desesperada un hielo, con un vaso de plástico en la mano y comentándoles a todos los que encuentra a su paso “yo fui novia de tu padre cuando fuimos juntos a la secundaria, nos conocimos en unas fiestas donde siempre terminaba en el estéreo Johnny Cash”. Las fiestas casi siempre son tristes como llamaradas de petate perturbadas por el combustible soez; el alcohol. Alcohol de alcoba desmañanada, con alimañas caminando por la alfombra en formas parecidas a las prendas de ropa, alcohol de quirófano regándose en manos ensangrentadas (los puños cerrados abiertos dan miedo, las manos abiertas y en alto siempre saludan), alcohol desbordado, regándose en ríos ricos de corteza ruda, donde los ebrios castores construyen bastiones contra sus depredadores naturales.
El apetito es implacable, te sorprende como un baño, como las esponjas de los audífonos tiradas en la cama, como el frio de la noche que entra por la ventana, derramándose sobre el pasto de mi cuarto, paralizando a las angustiadas madres araña que no saben dónde meter a sus pequeños hijos. Tengo hambre de tamales, me comería tres tamales oaxaqueños…
Marieli a veces es de trapo, como un muñeco roído por el incansable lúdico pasatiempo de un niño .El niño abandonado en la maleta como muñeco de ventrílocuo, hablando en sollozos porque le tiene miedo a la oscuridad y al encierro ¿Por qué la oscuridad será tan elegante? Sobre todo en los botones, en las mesas de cristal y en los ojos de las mujeres. Tal vez soy de cristal y ese niño. Alguna vez, asustado por ver lo diminuto del mundo, Salí tropezando del cuarto a robarme granitos de arena de las macetas de enfrente, en la sala vi a un niño en el espejo, un niño de mirada gris, como cuando alguien se da cuenta que han robado sus colores, en el interludio que hay entre el coraje y la tristeza. No le hice caso, pensé que era algún fantasma o un poema muerto de algún autor que lo echó con todo y papel a la basura. Ayer fue un día difícil, hoy tranquilo espero. Marieli me enseño a esperar nada. Espero jugando con mis mentiras en una bolsa de plástico… fatigado de la espalda y de la cama, echo nudos en la habitación artificial que guarda a mi cuerpo pisoteado por el hambre, la sed y los acechos. Espero recapitulando, espero curándome, aliviándome, untándome ungüentos de charlatanes.
*texto tomado de un diario personal fechado el 17/03/07
**no recuerdo por que marque esta parte del texto.
viento de la palabra
jueves, 15 de abril de 2010
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